Cuidar a quienes cuidan

Ayudar a los demás hace del mundo un lugar mejor, pero ¿qué ocurre con quienes dedican su vida a hacerlo? Hoy en día existe una fuerte tensión entre el servicio desinteresado y la falta de autocuidado.

La salud mental se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestra sociedad, y afecta especialmente a la juventud, principal componente de grupos de voluntariado como la OJE. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2025 una de cada ocho personas vive con algún trastorno de salud mental, y cerca de un 25 % lo experimentará en algún momento de su vida. Una realidad que, desgraciadamente, también alcanza a miembros de nuestra Organización. Aun así, el camino hacia la concienciación y la normalización del tema sigue siendo largo.

Es cierto que la pasión no se enseña, sobre todo cuando se trata de algo no remunerado, y que el compromiso pesa menos cuando se disfruta. Pero eso no significa que no suponga una carga.
 La emoción que tantos sentimos al trabajar por una sociedad mejor sin esperar nada a cambio suele ser una recompensa suficiente. Sin embargo, no siempre basta con eso. A veces, esa llama que arde con fuerza se apaga entre bloqueos y dificultades. No siempre estamos al rojo vivo, ni todo sale según lo planeado. Entonces, ¿cómo reaccionamos cuando algo escapa a nuestro control?

El ritmo frenético del mundo moderno tampoco ayuda. Ansiedad, depresión u otros trastornos derivados de nuestra rutina son problemas que a menudo tratamos de ocultar o ignorar cuando llega el fin de semana y comienza una actividad.
 Desde pequeños se nos ha enseñado a vivir en busca de recompensas: el sueldo mensual, aprobar un examen, los likes en Instagram… Esos “premios” desaparecen en gran parte cuando hacemos voluntariado. Pero eso no lo hace insignificante: nos invita a comprender el sentido profundo de lo que hacemos, más allá de la gratificación inmediata. Nos empuja a preguntarnos: ¿en qué mejorará la vida de los chicos y chicas después de la actividad del sábado?

Ahí surge la magia, pero también el riesgo. Si no sabemos identificar el límite entre cumplir con nuestro compromiso y cuidar de nosotros mismos, la motivación puede llevarnos a asumir más de lo que podemos. Los proyectos se vuelven demasiado ambiciosos y dejamos atrás el tiempo dedicado a nuestro bienestar. Entre los problemas personales y el hecho de que no siempre estamos al 100 % para trabajar en lo que más nos apasiona, podemos llegar a sentirnos abrumados, bloqueados o impotentes.

El primer paso para resolver un problema es reconocerlo.
 Recuerda: no es mejor conductor quien tiene el coche más rápido, sino quien sabe cuándo parar a echar combustible.

“No quiero decepcionar a nadie.”
 “Solo estoy cansado.”
 “Estoy bien.”

Debemos desmitificar la idea de que cuidarse es un acto egoísta. Date un respiro, habla con tus seres queridos, acude a un profesional, comparte tus emociones.
 Cuidemos a nuestros voluntarios y cuidémonos a nosotros mismos, porque una llama consumida no puede alumbrar sola.

Carlos Romero Alcaraz